sábado, 19 de octubre de 2013

CUENTOS DE ANITA LUNARES

EL BANQUETE

A la puerta de la iglesia. Los invitados engalanados como burros en el día de san Santón. Fede que siempre va con vaqueros, se ha puesto unos pantalones de rayas grises y negras con una chaqueta de terciopelo muy fina y pajarita. Su novia, de "pelu", con un cabello que no se mueve de su sitio a pesar del viento tan espantoso que azota el lugar, y unos tacones que de un momento a otro amenazan con tirarla del andamio; procura no andar para no torcerse mucho los tobillos. A la madrina, gorda como un tonel, apenas se la distingue debajo de las capas: la de la pintura de la cara, la del parapente que porta a modo de sombrero, y la de raso con incrustaciones múltiples que casi le llega a los pies y tiene mucho vuelito. Y así sucesivamente, todo un desfile de esperpentos que invitan al llanto.
El novio, impaciente, con medio bote de gomina en el tupé, mira a lo lejos a ver si lega la novia. No llega. Da pataditas en el suelo manchando sus acharolados zapatos de chúpame la punta. Pasa media hora y el organista se empieza a cansar de tocar la marcha nupcial. Pasa otra media ( y ya vamos con una hora de retraso) y la novia sigue sin aparecer. El novio decide entrar en la iglesia, con las lágrimas a punto de salírsele de los ojos, y sigue esperando. A las tres horas de demora, está claro que no va a haber ceremonia. Los invitados cuchichean entre ellos preocupados por si no amortizan el regalo de bodas depositado en la cuenta corriente de los novios, equivalente al precio del cubierto. ¿Se va a suspender la cena? Ni hablar. Eso..., si la novia ha dado un plantón nosotros no tenemos la culpa, que además nos hemos gastado un dineral en vestirnos para la ocasión.
El novio, llorando, cabizbajo y con el rabo entre las piernas, se dirige al coche alquilado para que le transporte a su casa. Los invitados lo sienten y ponen cara de compungidos, mientras dan unas palmaditas en la espalda al invitado. El coche arranca con el novio dentro. El cuanto pierden de vista el vehículo, todos, absolutamente todos, montan en sus coches y se van a toda velocidad hacia el restaurante. El banquete está esperando hace más de una hora. Beben, comen, se caldea el ambiente. Beben más, comen más y más caldeo de ambiente. ¡¡¡VIVAN LOS NOVIOS!!! - grita Fede, borracho como una cuba -  ¡Vivan! - les secundan otras voces entusiasmadas- . Todo muy bueno y muy abundante. Pobre novio, lo que se está perdiendo. A fin de cuentas le hacemos un favor porque el banquete se lo iban a cobrar lo mismo - dice la madrina, roja como un tomate y con las carnes saliéndosele por encima de las espaldas y por debajo de los muslos, por efecto de la faja. Eso, dice el esposo mirándola con ojos ardientes, y la invita a bailar al son de la orquestilla que anima el cotarro. Otras parejas, dándose traspiés, les siguen. ¡¡¡VIVAN LOS NOVIOS!!!
¡VIVAN! ¡QUE SE BESEN! ¡QUE SE BESEN! - gritan unas voces desde el fondo del salón sin acordarse de que no hay novios en el banquete.
Y a falta de novios, todas las parejas terminan besándose torpemente sin atinar bien dónde están las bocas de cada uno debido a los efectos del etílico.

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