domingo, 12 de enero de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

EL ASCENSOR

- ¿A qué piso va?
El interrogado hace caso omiso a la pregunta y pulsa la tecla del 5º ( casualmente es el mismo piso que el del interrogador). El ascensor llega a destino y el interrogado sale, sin despedirse, dando una patada a la puerta, y toda el timbre del 5ºD.
- ¡Oiga! ¡Que ese es mi piso!- dice el vecino  molesto- ¿Pero adónde va usted?
- Al dentista- ruge el interrogado
- ¿Pero no ve usted que es la puerta de enfrente?
Sin contestar, el tipo llama al 5ºC, le abren la puerta de la consulta y pasa (sin dar los buenos días). El vecino entra en su caso malhumorado y mascullando barbaridades sobre la gente de hoy en día.
Al cabo de dos horas, quiere el destino que el vecino del 5ºD salga de su piso a la vez que el tipejo sale de la consulta y tengan que volver a hacer el viaje juntos en el ascensor; esta vez el vecino no dice nada y pulsa el 0 para bajar ( por supuesto el de la consulta sigue mudo y con cara de ningún amigo; máxime ahora que lleva el carrillo hinchado). Al llegar a la planta baja sale dando otra patada a la puerta del ascensor y se va a la calle dejando de nuevo al del 5ºD gruñendo para sus adentros y para sus afueras.
- ¿Ha visto qué modales se gasta la gente? - le dice al portero.
¡Usted no ha visto nada! Este mismo sujeto siempre actúa así. Creo que las puertas del ascensor tienen alguna marca de las coces que las mete al entrar y salir. El otro día le llamé la atención y me miró con ganas de asesinarme. Viene con frecuencia. Debe tener la boca hecha un asco...

Al cado de un mes, se oyen se oyen unos gritos estremecedores provenientes del 5º. A los gritos acuden los de la consulta, el del 5ºD - que estaba en su casa- , y el portero. El tipo que da patadas al ascensor cuando va a arreglarse la bocaza se ha quedado atrapado entre las puertas del mismo cuyo mecanismo se ha negado a funcionar seguramente debido a los golpes del susodicho. Está lívido por el dolor: Uno de sus testículos se ha quedado atrapado entre las dos puertas. Tanto el portero como el del 5ºD no pueden evitar unas risitas por lo bajines mientras llega el mecánico que ya llevan rato esperando. Llega por fin el mecánico, arregla el mecanismo, las puertas del ascensor se abren volviendo a la normalidad y dejando en libertad al doliente que no puede ni andar y no para de gemir. Llegan los camilleros de la ambulancia en socorro del "aplastado". El ascensor baja a los camilleros y al accidentado hasta la planta de la calle.
 - "¡Sin rencor!" - grita el ascensor mientras cierra sus puertas - "¡Sin ningún rencor!" - repite -. Pero ya sabes la que te espera, que donde las dan las toman, desgraciado.
 - ¿Qué ocurre?- se dicen los camilleros perplejos - ¿Es que ahora los ascensores hablan?
El aplastado no dice ni "mu".

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