martes, 11 de marzo de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

LA VENGANZA DE LAS CROQUETAS

El bar LA COCRETA tuvo que cerrar sus puertas a los tres meses de su apertura ante el estupor del dueño que no podía comprender cómo aquél negocio se había ido a pique cuando él, el dueño, se había dedicado toda su vida a hacer exquisitas croquetas de todos los gustos que hacían las delicias de quienes las probaban.
Del pequeño bar del pueblo, Tasio se vino a la ciudad para abrir otro más grande y lujoso en la seguridad de que triunfaría y se haría rico.
 - Buenos días. ¿Qué va a ser?
 - Una de croquetas.
 - ¡Marchando! ¡Una de cocretas!
Y de la cocina llegaban olorosas y crujientes hasta la mesa de los clientes que alababan al cocinero.
 - ¿Están a gusto de los señores las cocretas?
 - ¡Buenísimas! En la vida habíamos comido croquetas tan deliciosas y eso que la abuela las hacía muy bien.
 - Me alegro, a su disposición estamos.

Las croquetas estaban hartas de no ser llamadas por su nombre. Habían aguantado demasiado tiempo en el pueblo como para seguir soportándolo también en la ciudad. ¡Vamos a ver! ¿Pero es que el Tasio no oía que le pedían croquetas? ¿Por qué respondía "cocretas"?. Y para mayor indignación al bar también le había puesto ese maldito nombre. Esas no eran ellas. Se acabó. Urdieron un plan: Cada vez que llegaban a la sartén para freírse, se reventaban a propósito y no podían ser servidas a la mesa. Y así, un día tras otro, arruinaron el negocio porque los clientes dejaron de acudir al bar.
¡A ver si aprende a llamar las cosas por su nombre! - comentaban las croquetas entre ellas - . Pero tasio no aprendió y todos los intentos por recuperar su cocina fueron en vano: ni con diferente harina, ni cambiando de leche y huevos. Ni tan siquiera con el mejor aceite de oliva virgen extra ( que antes no utilizaba).

Es una lástima que las croquetas no puedan hablar...

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