miércoles, 28 de mayo de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

EL MORIBUNDO

Don Pedro fue un mártir. Lo confirmaba el hecho de haber aguantado cincuenta años, día tras día, que se dice pronto pero es mucho, a su nada encantadora mujer, doña Filo, que le tenía en un puño :- Que quites el fútbol que no lo soporto. Que te vayas de paseo que aquí estorbas.¡ No comas tanto que tu sueldecito no da para mucho!¡Deja el postre y así ahorramos! ( la Filo se metía a escondidas cada flan y cada tarta de asustar). Que no voy a pasear contigo porque eres la vergüenza del barrio, así de mal vestido, que tienes muy mal gusto. Para ya de hablar que no me dejas ver la novela (el hombre casi no abría la boca). Que para qué me habré casado contigo con lo poco que vales y la de buenas proporciones que he tenido; no sé para qué haría caso a mi madre que estaba deseando encajarme enseguida como si la estorbara en casa.
Y, efectivamente, Filo estorbó a su madre, a su única hija y a todo aquél que estaba a su lado, porque era una persona nacida para hacer la vida imposible a los demás. Únicamente la buena dote de sus ricos padres sirvió de cebo a sus pretendientes y posiblemente para Pedro fue un aliciente a la hora de tomar la decisión de contraer matrimonio con semejante elemento; eso y sus buenas proporciones pectorales .
La mala suerte, o más bien la perra vida que le dio su mujer, arrastró al pobre D. Pedro a  una enfermedad irreversible que se adueñó de él  durante casi tres años. Estaba diagnosticado de muerte inminente pero no acababa de morirse ( algo realmente inexplicable porque sus sufrimientos no eran nada convincentes como para aguantar tanto en el Valle de Lágrimas).
Después de tanto penar, el enfermo llegaba a su fin y doña Filo tenía preparado todo para el enterramiento de su esposo, sin omitir detalle. Hasta las batas que usaba en casa ya eran de colores tenebrosos. Y el modelito para el funeral, de riguroso luto, estaba colgado cuidadosamente en una percha aguardando el momento. Don Pedro se moría, el médico ya lo había asegurado. Ella, sin separarse de su lado, más por impaciencia que por otra cosa, controlaba su pulso y su respiración.
Efectivamente el desenlace fatal se aproximaba por momentos. Pero, de la noche a la mañana, el moribundo experimentó una mejoría considerable. Filo estaba desconcertada. No podía ser. Avisó al galeno enseguida y el galeno, tras examinar al moribundo, dijo:
"No está aún para morirse. Todavía se resiste a partir. No sé qué tiempo le quedará de vida. Habrá que dejarlo en las manos de Dios".
Filo, nerviosa  y muy excitada, rompió a gimotear - algo que el médico interpretó como una reacción lógica a la situación de dolor - . Pero no. Lo que Filo expresaba no era dolor, era pura rabia, porque exclamó mirando a los cielos mientras ponía los ojos casi en blanco y se echaba las manos a la cabeza: "¡NO FASTIDIE! ¡SI YA TENÍA TODO PREPARADO! ¡NO ME FASTIDIE, POR DIOS!"

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