viernes, 20 de junio de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

EL DUELO

¡Qué buena persona era! ¡Y qué natural está, parece que está dormidito! Pobre Félix. Siempre se tiene que llevar Dios a los mejores. Con lo joven que era todavía y la falta que nos hacía ¡Ay Señor!

Mari se limpiaba con el pañuelo de vestir blanco bordado con primor por las monjas, las lágrimas y el moquiteo que emergían de su afligido rostro. Estaba sentada justo al lado de la vitrina donde se hallaba el féretro en el que descansaba el difunto rodeado de coronas de flores con dedicatorias lapidarias y no despegaba sus narices del cristal, con lo que éste tenía la marca del apéndice nasal con algún que otro moco pegado y ya reseco. Sentadas junto a Mari, un poquito más alejadas del escenario patético, se encontraban la viuda y la hija del finado, que no abrían la boca ni para suspirar. Se diría que la viuda era Mari por el protagonismo que exhibía constantemente. Y es que Mari, soltera y muy metida en años, estaba secretamente enamorada de su socio de fábrica Félix, recién fallecido, desde hacía mucho tiempo. Además contaba con la ventaja de que la mujer e hija del finado eran pusilánimes, todo lo contrario que ella que era resuelta para todo, por lo que la socia hacía y deshacía en la casa del socio como si fuera la propia ( incluso disponía de un juego de llaves).
Enfrente, cara a cara con Mari, estaban sentados sus dos sobrinos, encantadores ellos y siempre prestos a ayudar, en un respetuoso silencio de cuando en cuando interrumpido por un pequeñísimo comentario como por ejemplo: "¿Os encontráis bien?" "¿Tenéis sed?" "¿Cansancio?" "¿Queréis que os traigamos algo de la cafetería?"
- Muchas gracias. Nada. Bajad vosotros y estiráis las piernas que lleváis aquí mucho rato- respondían las familiares del difunto.
Mari llevaba casi media hora en silencio absoluto observando al cadáver cuando, de repente, se levantó y dirigiéndose a la viuda le preguntó.
- ¿Cómo es que Félix no lleva su dentadura postiza? Le afea el rostro, ¡con lo guapo que es él!
- Pues...se la quitamos cuando dejó de comer para que estuviese más cómodo- contestó la viuda.
- Eso es - secundó la huérfana.
- Nada de eso. Félix no puede ir así, sin dientes- Los sobrinos se miraron pasmados.
- ¿Y la maquinilla de afeitar?- volvió a la carga Mari.
-¿Qué pasa con la maquinilla?
-Pues que él iba siempre impecablemente afeitado y ahora...mira...Su maquinilla y su pluma estilográfica iban con él a todas partes, lo mismo que su peine. Siempre tan peinadito, tan elegante...
-No se hable más. Haced el favor de acercaos un momento a casa de Félix (siempre era la casa de Félix, su mujer e hija parecía que no existían) y traed la dentadura que está en el vaso encima de la mesilla de noche- ¿Seguirá allí, no?- Preguntó la organizadora a la viuda y sin esperar respuesta prosiguió-: Ya de paso, cogéis la maquinilla de afeitar y el peine que supongo se encontrarán en el cuarto de baño- dijo a modo de ordeno y mando a sus sobrinos- ¡Ah! Y ya que estáis allí, pasad por mi casa y me traéis mis zapatillas negras que están debajo de la cama. ¿Vosotras no queréis unas zapatillas para estar más cómodas que aquí se hinchan mucho los pies y la noche es larga?- preguntó a la viuda e hija del difunto- Bueno, contestaron al unísono con voz apenas audible-. Pues no se hable más. Hala que en un momento lo hacéis, majos. (Hay que aclarar que se encontraban de punta a punta de Madrid, pero para ella, que no conducía, ese detalle carecía de importancia). Y hurgando en su bolso extrajo las llaves de ambos pisos y se las entregó a los sobrinos que las cogieron sin decir ni pío porque se habían quedado sin habla. Cuando estaban saliendo los sobrinos, Mari levantó la voz para decirles: Por favor, ya que vais, coged del piso de Félix el martillo que tanto le gustaba, y se echó a llorar.
-¿Pero dónde está?
-Lo guardaba siempre en el taquillón de la entrada, ¿no es cierto?- preguntó a la viuda- Sí. Sí. Allí estará seguramente.
-¡¡¡Joder con la tía Mari!!!- refunfuñaban los sobrinos de camino al coche- se piensa que Madrid es su pueblo.
Pasaron tres horas largas y Mari se impacientaba porque los chicos no llegaban con los encargos.- ¡Cuánto tardan, por Dios! Total para hacer esos recadillos- decía paseando como una fiera enjaulada de un lado a otro de la sala.
Por fin aparecieron los recaderos con cara de vinagre y Mari, sin mediar palabra, se abalanzó sobre los tesoros que traían. Se metió, sin pedir permiso a nadie, en la sala frigorífica del cadáver, levantó la tapa de ataúd y colocó la estilográfica, el peine y el martillito, perfectamente alineados, al lado derecho del cuerpo. Y la dentadura...intentó metérsela dentro de la boca pero como la rigidez del cadáver se lo impidió, se la colocó en el cuello, como si fuera un collar. Salió de la cámara tras depositar un beso fervoroso en la frente de Félix, se puso las zapatillas y volvió a colocarse en su sitio, ya tranquila. La mujer y la hija del difunto que no habían abierto la boca porque lo que hiciera Mari estaba bien hecho, también se encajaron sus zapatillas y estiraron las hinchadas piernas con un suspiro de alivio. Al cabo de cinco minutos Mari se durmió plácidamente permaneciendo así hasta las cinco y pico de la madrugada hora en la que los sobrinos la vieron abrir sus soñolientos ojos mientras se estiraba con placer.
-Te has echado un buen sueñecito, ¿eh, tía?
-¿Quién yo?
-¡Claro que tú!
-Pero si sólo me he quedado traspuesta. Una pequeña cabezadita...
Los sobrinos se mondaban de risa cuando se lo contaban a sus amigos: - Traspuesta, traspuesta, si roncaba como una morsa la tía. Ja, ja, ja.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias. Me alegro que disfrutes con mis letras. saludos, Ana

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