miércoles, 30 de julio de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

CORRECAMINOS

-¡No puedo creer lo que me ha ocurrido esta mañana!- dijo Correcaminos en la mesa mientras comía con sus hijos.
-Cuenta, cuenta- corearon a una mientras miraban la cara entre sonriente y abochornada de su madre.
-¿Que cuente? ¡Si es que no sé ni cómo empezar! Ha sido de juzgado de guardia. Bueno. Pues...Iba yo deprisa (carcajada general) por la plaza de Madrid porque se me hacía tarde para llegar a la tintorería...
-¿Y?
-Que...delante de mí iba un señor, y yo...con mi velocidad habitual...
-¿Qué?
- Que iba casi pegada a él porque había mucha gente por la acera y me resultaba difícil adelantarle.
-¡Ni que fueras un coche!
-¡Ya! El caso es que el señor en cuestión se paró en seco agachándose para atarse el cordón del zapato que se le había desatado.
-¿Y?- exclamaron todos con cara de chufla mientras observaban la expresión de circunstancias que estaba poniendo su afligida madre.
-¡Santo Cielo! Resulta que al agacharse de repente el hombre, y yo ir tan pegada a él, me caí encima...
-¿Cómo?
-Sí. Que caí encima del pobre transeúnte y, con el impulso, se vio obligado a echarse hacia delante quedándose a cuatro patas.
-Ja, ja, ja. Calla, calla. No me lo puedo creer- dijo uno de los hijos.
-¿Es posible?- añadió otro echándose las manos a la cabeza.
-Venga ya! Nos estás vacilando- dijo la niña.
-¡Qué voy a vacilar! Si aún no he salido del susto. Podéis creéroslo. Tan verdad como que estamos comiendo encima de esta mesa. Tan terrible como que al quedarse el señor a cuatro patas y yo encontrarme montada encima de él, a caballo y con las piernas colgando a unos cuantos centímetros del suelo, viendo que me iba a caer, me agarré a su cuello. Todo ocurrió en décimas de minuto porque en cuanto pude, bajé de la cabalgadura a toda prisa. Tal era la vergüenza que estaba pasando, con toda la gente arremolinada contemplando semejante espectáculo (yo, por supuesto, sólo veía bultos porque no quería mirar a nadie), que salí corriendo.- ¡Cómo no, la Correcaminos!- rieron los hijos- y sin mirar que el semáforo estaba en rojo, me lo pasé con los coches pitándome rabiosamente- "¡Tía loca. Adónde vas!"- gritaban sacando la cabeza por las ventanillas-. El caso es que ni tintorería, ni comida para hoy, que menos mal que tenía arreglo, ni nada de nada. Estoy segura que si vuelvo a encontrarme con ese señor no le conozco; ni él a mí tampoco, desde luego.
-¡Ay, mamá Correcaminos! Bien te puso papá el apodo que te va que ni pintado- dijo el hijo mayor muerto de risa y, sin pérdida de tiempo, se levantó de la mesa con un trozo de carne en la boca y se dirigió a buscar el teléfono inalámbrico para dar cumplida información a toda la familia.
Mientras, doña Ángeles sonreía recordando a su fallecido marido quien, al ponerla ese apodo, se había cuidado bien de que ella no se enterase nunca que el pájaro americano correcaminos, además de correr como un loco, tiene gran habilidad en cazar serpientes y por eso también se le llama mataserpientes. A doña Ángeles le inspiraban terror todos los reptiles...De haberlo sabido, seguramente le habría dado un síncope.

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