martes, 2 de septiembre de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

UN CABREO ESPECTACULAR

Se oye el ruido de la llave girando en la cerradura y al poco se abre la puerta de entrada a la vivienda. Aparece Bibi.
- ¡Hola guapa!- saluda a su sobrina que ha salido al recibidor para ver quién entraba en la casa.
-Buenas tardes Bibi- contesta la chica con el peine en una mano y el perfume en la otra porque está arreglándose para salir de juerga.
-¿Estás tú sola?
-Sí. Hace poco que he venido y aquí no había nadie.
-¿Y Sofi, no ha llegado aún?- pregunta el señor por su esposa.
-No sé. Ya te digo que no he visto a nadie.
-Pues ya tenía que estar aquí. Son las nueve de la noche.
-Y a mí qué me cuentas...
-¿Pero es que la tía no ha llamado diciendo algo, porqué se retrasa o lo que sea?
¡Otra vez, tío! ¡Que te digo que no sé!
Bibi da vueltas por la cocina con cara de pocos amigos y mirando el reloj a cada minuto.
- Las nueve y cuarto y esta sin llegar...farfulla el hombre visiblemente nervioso.
-¡Niña! ¿Estás segura de que la tía no ha dejado alguna nota diciendo que llegaría tarde?- grita Bibi a su sobrina desde la cocina mientras ella se acicala.
- ¡Pero no te pongas nervioso, hombre. Si aún es muy pronto!
-¿Pronto? ¿Casi las nueve y media, pronto? Ya tenía que estar aquí con la cena preparada. No son horas.
-Pues prepárala tú.
-Yo vengo de trabajar, eso es cosa de mujeres.
-¡Uy, qué gracioso! ¡Como si Sofi no trabajara también fuera de casa!
Bibi se calla y sigue pateando la casa rojo de rabia. Pone la tele, ni la hace caso, únicamente mira la puerta de la calle a ver si se abre y aparece Sofi de una vez. Nada, nadie. La sobrina comienza a impacientarse porque conoce el genio vivo que tiene su tío y teme un escándalo. Ya son más de las nueve y media. Bibi coge el teléfono y comienza a llamar a toda la familia. Nadie sabe nada. Son las diez menos cuarto y la niña se dispone a marcharse cuando se abre la puerta de la calle y entra Sofi cargada de paquetes, tan tranquila. Su marido se abalanza sobre ella.
-¿Pero qué horas son estas de llegar a casa? Llevo esperándote casi una hora, y la cena sin preparar.
-Tranquilito, tranquilito. Ahora cenaremos...
-¿Pero se puede saber de dónde vienes?- la increpa saliéndosele los ojos de las cuencas.
-¿Acaso te importa mucho? ¿Te pregunto yo a ti de dónde vienes cuando llegas a la hora que te da la gana? ¡Que no soy tu esclava, oye!
-Qué esclava ni qué esclava. Tú tienes que estar aquí con la cena preparada para cuando tu marido llegue del trabajo.
- A ver de dónde llego yo sino de trabajar también. Te repito que no soy la esclava de nadie.
A punto de reventar de rabia, Bibi comienza a tartamudear - defecto que se le agudiza cuando se pone nervioso - y levanta las dos manos como si la fuese a matar.
- Oye, oye, mucho cuidadito con lo que haces que me tienes más que harta después de treinta años de aguantarte. Y sabes lo que te digo, que me dejes en paz. Sofi se da la media vuelta y deja los paquetes encima de la mesa de la cocina mientras gruñe para sus adentros. Se pone a preparar la cena. Bibi se marcha dando zancadas hasta la terraza, como para tomar aire. A los pocos minutos regresa a la cocina y Sofi sale a su encuentro: Qué, qué, ¿quieres más mitin?- le dice-. Él la mira con los ojos inyectados en sangre y, agitando los brazos al cielo, excitadísimo, exclama: Pu- pues, ¿sabes que te di- digo? Que, que...
-¡Qué, hombre, qué! Qué más tienes que decir, tú.
- Pu- pues...¡¡¡QUE AHORA NO CENO!!!
-¿Cómo has dicho?
- ¡¡¡QUE AHORA NO CENO!!!
- ¡Vaya una pena, hombre! ¡Me voy a echar a llorar! ¡Lo que me faltaba por oír! ¡Pues allá tú! Esto es el colmo de la estupidez.
Sofi se da la media vuelta retorciéndose de risa. Como los niños- dice en voz alta- igualito que los niños. Hay que ser idiota. Ja, ja,ja. Que no cena , dice, ¿será memo? Pues que se fastidie y pase hambre. Ja, ja, ja. Yo sí que pienso cenar ahora mismito.
La niña que había contemplado con los ojos como platos la absurda escena, se echa a reír junto a su tía.
Bueno, que se me hace tarde. Je, je. Me marcho. Ji, ji, ji...Las carcajadas de la chica se oyen desde el ascensor y Sofi llora sobre la tortilla sin poder contener la risa, mientras Bibi, blanco como la pared y mudo como un muerto, permanece sentado en el salón con la luz apagada. No se sabe bien si arrepentido por sus exabruptos o por la promesa de que no va a cenar. Realmente el morro le llega al suelo. Y su mujer desde la cocina le dice con recochineo: "¿No te apetece un mordisquito de tortillita, cariño?".

No hay comentarios:

Publicar un comentario