sábado, 13 de septiembre de 2014

CUENTOS DE ANITA LUNARES

UN CASO INSÓLITO DE TACAÑERÍA


     Sé que no está bien reírse de las desgracias ajenas; lo sé. Pero no podía evitar hacerlo (para mis adentros) ante el espectáculo que se presentaba delante de mis ojos: La señorita Victoria, postrada en la cama del hospital con la cabeza rota, las dos caderas rotas,un brazo roto, la muñeca del otro también, múltiples contusiones repartidas por el cuerpo, y el ojo derecho perdido para siempre. Lloriqueaba lamentando su suerte. ¿Por qué a mí?- decía-. Yo no podía responder, porque si lo hubiera hecho, tendría que haberle dicho a la señorita Victoria unas cuantas verdades: ¿Que por qué a ti? Pues porque por pura tacañería llevas siempre gafas atrasadas y no ves tres en un burro, y cuando vas conmigo por la calle te me pegas como una lapa siguiendo mis pasos porque si no, no te enteras por donde pisas. Que no me explico cómo no te has matado antes porque para no gastar en luz te acuestas y levantas con las gallinas. Eso en cuanto a tu "seguridad vial". Y respecto a lo demás, es inconcebible cómo cuando llegaste a este colegio, donde trabajamos las dos como maestras, pretendiste que además de la comida que nos dan por un precio irrisorio ( tú comes la mitad y la otra mitad te la llevas para cenar), te dejasen dormir en alguna de las aulas para no gastar en pensión.
     - ¿Por qué ha tenido que sucederme a mí semejante desgracia, ahora que estaba empezando a tener unos ahorrillos gracias a la pensión tan económica que había encontrado? Ahora no podré trabajar en mucho tiempo y tendré unos gastos enormes...¡Ay de mí!- Y seguía lamentando su suerte.
     En esto entró el médico.
    - ¿Qué tal se encuentra, señorita Victoria?
    - Pues ya lo ve, hecha un desastre.
    - ¿Pero es que no vio usted dónde pisaba? ¿No llevaba sus gafas puestas?
    - Sí, pero iba yo sola y no calculé...
    - ¿Y eso, por qué?
    - Porque mis gafas tienen más de 14 años...
    - ¡Pues cómo va usted a ver! ¡Tendría que llevarlas actualizadas, máxime con la enorme miopía que tiene!
     - Son muy caras.
     - Mire, señorita, así no se puede ir por la vida. ya ve las consecuencias.
     - No me pesa, doctor. A mí me inculcaron mis padres el sentido del ahorro. Y lo cumplo a rajatabla, en su honor, con gran orgullo, y a mucha honra. Que Dios les bendiga.
      - No dudo que Dios les bendiga, pero a usted debería maldecirla por atentar contra su salud. Es usted una insensata.
     - No me diga eso, doctor, que soy muy sensible.
     - Pues no da usted muestra de ello. Ahora tendrá que resignarse a cargar con las consecuencias de la caída. Y créame, no son nada halagüeñas.
     - ¡Ay, ay, ay!- Dios mío.
     - A Dios rogando y con el mazo dando, señorita. Aprenda la lección.

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