domingo, 25 de octubre de 2015

PILAR

Me cago hasta en la hora en que nací.
Maldito sea el día en que vine a este perro mundo.
Si llego a saber la que me espera, corto por lo sano y me quedo en donde estaba, tan ricamente. Allí era otra cosa; me había hablado de una tierra que era TIERRA con mayúsculas y vengo, y me encuentro con un lodazal.
Toda la vida revolcada en el fango viviendo como la puta esclava de un marido al que le daba vergüenza exhibirme en público.
Vaya por Dios, al señorito solo le servía para la cama y para plancharle los cuellitos y los puñitos de sus camisas. Porque así me conoció el tío, de planchadora, y me prometió convertirme en señora y yo me lo creí.
Claro, que antes de convertirme en esposa me tuvo que catar y hacerme una hija. Una más, porque ya tenía no sé cuantos de otra mujer a la que había dejado plantada y a cargo de ellos; de los hijos, digo. Ella en una ciudad y él en otra, divirtiéndose en el casino y en el teatro y en el cine, y comiendo pasteles y manjares como un cerdo. Porque eso es lo que era, un cerdo.

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